Interludio

El vandalismo es progresivo y… mortal


Una de las más socorridas estrategias los infractores es disfrazarse ellos mismos de víctimas. Lo vemos todos los días con esos delincuentes de poca monta –raterillos, rufiancetes y pillastres— que cuando son detenidos lo primero que denuncian es que los han torturado, además de clamar por su inocencia, y piden airadamente la inmediata atención de esas omnipresentes Comisiones de los Derechos Humanos, la federal o las estatales que, en una de esas tantas confusiones que hemos promovido en la sociedad mexicana, pretenden convertirse en fiscalías averiguadoras siendo que su papel no es impartir justicia sino garantizar que no se pisoteen las garantías que doña Constitución asegura a los mexicanos.

Y, bueno, los vándalos y los agitadores interpretan muy bien ese papel de perseguidos –siendo que ellos son quienes pisotean de entrada los derechos de los demás y quienes causan irreparables daños al patrimonio de gente perfectamente inocente— y, cada vez que las autoridades toman, tibiamente y muy a su pesar, la decisión de controlar sus abusivas acciones, resulta que hablan de “represión”, de “autoritarismo” y se trasmutan de inmediato en la parte acusadora.

Esto no es más que un síntoma, otro más, de la descomposición que estamos viviendo y de la perversa utilización de la mentira, por no hablar de la desmedida manipulación de unas palabras que, por ello mismo, han perdido su significado y que ya no invocan valores reales, ni se refieren tampoco a certezas establecidas sensatamente, sino que se utilizan imprudentemente y de manera espuria para justificar toda suerte de contravenciones.

En algún momento, más temprano que tarde, tendremos que poner orden en este país. El problema de la violencia que promueven las hordas de devastadores es progresivo y, miren ustedes, fatalmente mortal porque terminarán por ocurrir sucesos mucho más trágicos que los meros destrozos de un comercio o la quema de un coche aparcado en la calle.

Estamos avisados.