Interludio

El transporte público: privado y malo

El alcalde Mancera cayó en desgracia por intentar que el Metro de la capital no opere con tan descomunales pérdidas. Vamos, que parece un gobernante de derechas, preocupado por la rentabilidad de las empresas públicas y, luego entonces, desentendido de la obligación de socorrer, a punta de onerosos subsidios, a los sectores sociales más desfavorecidos. Ya los seguidores de Obrador, sus presuntos valedores o, en todo caso, sus padrinos de antaño, lo tienen en la mira. Pronto, será abiertamente repudiado.

Es un problema muy complicado, el de la política social. Si hubiéramos de pagar lo que realmente cuestan las cosas, entonces el billete del transporte colectivo estaría en once pesos, la gasolina de mamá Pemex nos la embutirían en 15 varos, la electricidad sería aún más cara y las cuotas de la seguridad social —la que brinda cobertura sanitaria a millones de mexicanos y que asegura sus pensiones cuando dejan de trabajar— se volverían prácticamente impagables o, en todo caso, causarían la quiebra de miles y miles de pequeñas empresas cuyos empleadores, incapaces de generar los ingresos suficientes, tendrían que cerrar su puertas y dejar en la calle a los trabajadores.

Pero, debe haber un equilibrio: finalmente, ¿a quién le beneficia que, a falta de recursos para darles mantenimiento o renovarlos, los vagones del Metro dejen de circular y que los tengan inmóviles en un gran depósito? ¿Y no sería bueno que el gobierno de Ciudad de México construyera nuevas líneas con el dinero que le aporten los usuarios del transporte en lugar de hacerlo con la plata de todos los contribuyentes de este país?

Pero, miren ustedes, en el vecino Estado de México los viajeros pagan casi el doble por desplazarse en destartalados y peligrosos microbuses y ahí nadie dice nada. Y resulta, encima, que esos piojosos transportes, conducidos por trogloditas majaderos, los operan empresarios privados. O sea, que lo privado y malo puede ser caro pero que lo público y bueno debe ser barato. Ah…