Interludio

Ya les tocaba que los pusieran en su lugar

Todavía ayer, por la mañana, una colega me dijo que la FIFA lo tenía todo urdido para que Brasil ganara el Mundial. Pues, miren ustedes lo que ocurrió ayer: fue el día más triste en la historia del futbol brasileño. Es curioso, sin embargo, cómo la gente se olvida de sus teorías de la conspiración en el momento mismo en que son desmentidas por la realidad. Pero, bueno, ahora ¿qué hará la FIFA? Que me lo digan, para que me entere yo de cómo va el plan B. 

En fin, esto ya se veía venir. Y, si alguna razón había para que muchos de nosotros no deseáramos que se consumara el presunto timo, fue que Brasil no merecía siquiera estar en la semifinal de la competición. Es más, ni siquiera hubiera debido pasar como primer lugar luego de la etapa de grupos: Giovani dos Santos anotó dos goles perfectamente legales que no le fueron concedidos y el árbitro le regaló a los anfitriones el partido contra los esforzados croatas. El hubiera no existe, como escribí ayer en un artículo publicado a destiempo (el juego Holanda-Argentina es hoy), pero creo que el enfrentamiento de los holandeses contra los brasileños (y la posible descalificación de estos últimos) no debía ocurrir tan prematuramente, en el cuarto partido; hasta ahí, la posible mano negra de los organizadores.

En el momento en que garrapateo estas líneas, que debo enviar a la redacción antes de las 18 horas, no ocurren todavía disturbios y algaradas en la nación sudamericana. Éste, el de la derrota de La Canarinha, era un escenario que había que evitar a toda costa para que el populacho —que anda bien encrespado porque el Estado gastó un dineral en estadios y obras de relumbrón (con sobrecostes, encima, debido a las corruptelas de siempre) en lugar de construir caminos, escuelas y hospitales o de repartir la plata asistencialmente en un esquema clientelar— no se levantara en armas. Pues, ni Dilma ni la FIFA pudieron contener la catarata de goles alemanes. Qué caray…