Interludio

¿Cuánto tiempo va a durar la agitación?

Pasó lo peor que podía ocurrir: en Iguala, unos policías municipales acompañados de grupos que no sabemos bien a bien quiénes son —delincuentes, agitadores profesionales, narcos, militantes de alguna oscura organización política o terroristas—, ni de dónde vienen, atacaron a esos estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, en Ayotzinapa, que, por más que no despierten muchas simpatías —sobre todo en el sector de la población que no pretende jamás obtener prebendas y canonjías inmerecidas como conseguir un trabajo así nada más, sin concursar ni competir ni pasar exámenes— no debían ser en lo absoluto atacados con armas de fuego sino, ahí sí y con el perdón de ustedes, simplemente controlados por la fuerza pública, y eso en la circunstancia exclusiva de que perpetraran desmanes, atropellos y pillajes como, por desgracia, acostumbran hacerlo.

Digamos, en todo caso, que en este país hay territorios vagamente ingobernables y que son, encima, los estados más pobres y atrasados del país. Esto casi ya no se puede decir, desde luego, porque soltar adjetivos estrictamente calificativos, en estos tiempos de pudibunda y restrictiva corrección política, equivale casi a insultar a los destinatarios de unas apreciaciones que, por el contrario, habría que disfrazar de eufemismos y ambigüedades para que los posibles implicados no se sientan profundamente ofendidos.

Es un hecho, sin embargo, que Guerrero, junto con Oaxaca y Michoacán, padece el azote del corporativismo educativo, es decir, tiene lugar allí una defensa abusiva y desmedida de los intereses particulares de un cuerpo, el de los maestros, que negocia primeramente sus beneficios antes de preocuparse siquiera de desempeñar correctamente sus funciones siendo que éstas, por si fuera poco, son esenciales para el desarrollo de las comunidades.

Ya se habla de la “matanza de Iguala”. Y, muy pronto, la conmemoración de este negro suceso será pretexto para nuevas agitaciones. Es el cuento de nunca acabar.