Interludio

No termina el cuento de terror


Qué difícil está siendo investigar el paradero de casi 50 personas, oigan ustedes. Como si la desaparición de un número tan descomunal de seres humanos fuera un acto de magia ejecutado por uno de esos ilusionistas de Las Vegas que, aderezando la acción de elegantes movimientos, te esfuman un Boeing 747 así nada más (no sabemos si con pasajeros dentro).

El tiempo pasa y pareciera que no hay manera de que canten los canallas. Ni rastro, tampoco, del alcalde ese que, dicen quienes conocen las insondables honduras de la mente de los comunes mortales, hubiera dado la orden de aniquilar a los muchachos simplemente porque opacaron un acto celebratorio de su mujercita con el cual se daba el pistoletazo de salida para que la interfecta comenzara brillantemente su respectiva carrera política. Pues, nos resultó muy protector y muy buen marido el hombre. Tanto que, miren, no calculó siquiera que perpetrar tan disparatada atrocidad no iba a dejar de tener unas consecuencias directísimas para él y, desde luego, para su apadrinada.

Por cierto, ¿tienen hijos, el mentado presidente municipal y su aprendiza de politicastra? Digo, si andan fugados, no hay manera de que desempeñen, por más posiblemente desentendidos y probablemente distantes y factiblemente desobligados que hubieran podido ser en su condición de obstinados trepadores del servicio público, las mínimas tareas cotidianas para asegurar el más minúsculo del más exiguo bienestar de sus mocosos. La circunstancia de la gente que anda a salto de mata siempre me ha intrigado sobremanera: ¿de qué viven, para empezar? ¿Dónde comen? ¿Se comunican de vez en cuando con sus familiares y sus seres queridos? ¿Hacen la compra del día en el supermercado? ¿Se alojan en un hotel o rentan un cuartucho en un albergue piojoso? Y lo más extraño del fugitivo es que, tarde o temprano, termina por caer. Ya nos tocará ver a este tipo con la cabeza gacha, detrás de las rejas. Pero, mientras tanto, su cuento de terror está durando demasiado tiempo.