Interludio

¿Somos tan solidarios los mexicanos?


Las posibles apreciaciones que uno pueda tener sobre la realidad mexicana son obligadamente oscilantes. O, por lo menos, es lo que te ocurre cuando tratas de evaluar las cosas con una mirada  desprejuiciada —dentro de lo posible, esto es— y, sobre todo, intentando eludir el negro catastrofismo que resulta de la violencia y el horror.

Pero, justamente, la implacable recurrencia de atrocidades y podredumbres termina por impregnar fatalmente nuestra visión del entorno y de ahí que tanta gente, ahora mismo, tenga el corazón encogido por el pesimismo y la desesperanza.

Una catástrofe natural es lo suficientemente devastadora en sí misma como para que luego tengas que sobrellevar la inquietante aparición de la vileza humana bajo la forma de rapiñas, robos y pillajes. Si luchaste denodadamente para que los vientos huracanados no derribaran la puerta de tu casa, si lograste mantener a salvo a la prole y, cuando se han ya apaciguado las desencadenadas fuerzas de la naturaleza, si esa vivienda maltrecha es lo único que te queda ¿debes entonces defenderte todavía de los canallas que quieren aprovechar el desastre para despojarte de lo poco que te queda? ¿No es esto, como bien decía Luis González de Alba en su artículo del pasado lunes, una suerte de película de terror —los muertos vivientes que atacan a los indefensos habitantes de una ciudad destruida—, algo que no debiera jamás ocurrir en el nuestro presente ?

Y, tal y como lo consigna mi amigo en esa antedicha columna, Baja California Sur no es un territorio poblado por bárbaros sino una comarca de gente razonablemente instruida y con un cierto nivel de bienestar. La primera pregunta que te viene a la cabeza, entonces, es qué suerte de pueblo somos: nos creemos solidarios y generosos pero resulta que, a las primeras de cambio, no volvemos esa turba feroz perfectamente capaz de perpetrar linchamientos, saqueos y vandalismos. Y, lo más desalentador que es que no se ve la luz al final de túnel.