Interludio

Esta sociedad nos aísla cada vez más

Lo exasperante que puede ser lo cotidiano en estos tiempos modernos: no hablemos del contaminador acústico (este término, así tal cual, deberíamos de incorporarlo cuanto antes al léxico de todos los días), ese individuo de la especie que va en el coche con la música a todo volumen como si trasmitir sus canciones fuera un asunto de interés general, ni del otro, en el polo opuesto, trasmutado temporalmente en autista de peligrosas desatenciones por ir con la oreja pegada al teléfono móvil, sino de una tercera subespecie de egoístas, a saber, la de aquellos que están enganchados casi permanentemente a la maldita pantalla de un artilugio portátil, sea éste una mini consola de videojuegos, la consabida iPad, un notebook  o un smartphone, aparatos, todos ellos, que parecieran requerir la más absoluta concentración y necesitar una dedicación sin límites.

Pero, ¿quién está ahí, al otro lado de la línea, encarnado en frases casi crípticas por ese uso tan parco de las letras que acostumbran los usuarios de las pantallas portátiles? ¿Un novio? ¿Un amigo? ¿Un jefe exigente y controlador? ¿Una amante celosísima? ¿Otro miembro de una determinada cofradía? Y, sobre todo, ¿por qué hubieran de necesitar, estos y aquellos, esa aplicación tan intensiva, tan exclusiva, tan continua y tan absorbente? Una dedicación, encima, que obliga al sacrificio fulminante de lo inmediato, es decir, a la total supresión del entorno directo.

Y así, puedes a lo mejor ir andando por las calles y acontecer a tu alrededor sucesos extraordinarios y tú ni te enteras. O puedes tener a tu lado a un potencial interlocutor —lo de potencial lo digo porque es un candidato a entablar una conversación— de carne y hueso, una persona viva, y menospreciar olímpicamente su milagrosa presencia (la existencia del otro es casi siempre un pequeño milagro, como bien saben los verdugos que le imponen al reo insufribles semanas de confinamiento solitario).

Estas prácticas de aislamiento, ¿mitigan en algo la asfixiante soledad del individuo contemporáneo?