Interludio

La violenta rabia de los nuevos puritanos

Parecen idos para siempre esos tiempos de relativa armonía en que podías expresar una opinión o militar en una causa sin que ello se te revertiera en una avalancha de odios destructivos. Hoy, no puedes siquiera garrapatear el término “autista” en un artículo periodístico –una palabra que figuraba ya en los diccionarios antes de que esta condición clínica fuera debidamente reconocida por la medicina moderna— porque recibirás furibundos mensajes de gente que, teniendo a un familiar con ese padecimiento, te amenazará de muerte (o, en el mejor de los casos, deseará que te parta un rayo) por haber utilizado distraídamente una vocablo que sólo puede ser validado en condiciones de reverencial respeto hacia los concernidos.

Hay que andarse con muchísimo cuidado y manejar con pinzas todos los posibles temas para no acabar por ofender a alguien, aquí o allá, que no solamente no conoces sino que ni siquiera te habías dado cuenta de que se sentiría aludido.

Entre los más rabiosos y los más intolerantes figuran los que se sienten bendecidos moralmente por apoyar una causa tan justa que, miren ustedes, debería de instaurarse un sistema inquisitorial para perseguir a todo aquel que pretenda dudar de sus bondades. Estos paladines de lo políticamente correcto están siempre a la defensiva y son unos auténticos especialistas en el arte de sentirse agraviados a las primeras de cambio, por poco que no sigas tú, en lo público y en lo privado, una conducta de apoyador activo. El otro día, un escritor nos invitó a dos amigos suyos a presentar un libro recién publicado. Llegado el momento de las preguntas de los asistentes, nos cayeron encima las reconvenciones de una señora que, airadamente, nos reclamaba que no hubiera ninguna mujer en la tribuna. El autor comenzó a balbucear excusas y por poco se declara un consumado misógino. Ya somos culpables, todos, de no militar en el feminismo, en la defensa de los animales, en la preservación del medio ambiente o en el combate a los cultivos transgénicos. ¡Auxilio!