Interludio

No quieren ser policías, sólo vivir en paz

Se agradece la intención, desde luego. El Gobierno federal, en vez de criminalizar a los grupos de autodefensa y perseguirlos, ofrece a sus milicianos la posibilidad de integrarse a las fuerzas de seguridad del Estado. Es una política de abrir oportunidades, no de cerrar puertas.

Pero, a ver, esa gente, la que ha empuñado pistolas y fusiles de asalto para defenderse de los canallas que la tienen sojuzgada, ¿desea realmente emprender una carrera en la policía? ¿No estamos hablando, más bien, de agricultores, pequeños comerciantes, empleados y personas de a pie, sin vocación particular por las armas que, movidos por la desesperación al verse acorralados y ya casi sin nada que perder (como ese joven jornalero al que le ejecutaron a la mujer y cuya cuñada apareció quemada, colgando de un puente, a las puertas de su pueblo), no tuvieron otro remedio que enfrentarse valientemente a los criminales que asolan sus comunidades? ¿Deseaban todos ellos, en primer lugar, enrolarse en la Policía Federal o inscribirse en el Colegio Militar?

No lo creo. Y, en todo caso, ¿les es atractiva la posibilidad de dejar el terruño –abandonar a la familia y los vecinos, desatender el huerto de limones o cerrar la tiendita de abarrotes—para ser trasladados a esas otras zonas del país donde se están llevando a cabo las acciones de lucha contra la delincuencia? Lo repito, ¿acaso el propósito original de estos ciudadanos de Michoacán era el de convertirse en vigilantes, justicieros, comandos de las fuerzas de élite o agentes de la policía ministerial? En una tierra de emigrantes, ahí estaba ya la posibilidad de alistarse en el Ejército de Estados Unidos (de América), logrando así un inmediato permiso de residencia y, sin embargo, estos hombres en momento alguno pensaron en combatir en Iraq o Afganistán sino que aspiraban tan sólo a llevar sus vidas de siempre, con los suyos, en sus comunidades. En paz, sin amenazas, sin extorsiones, sin secuestros…

Eso es lo que querían, nada más.