Interludio

¿Qué quieren, un país cada vez más ingobernable?

Este país, en definitiva, está irremediablemente dividido. Lo constato, con inquietud y desazón, cada vez que me llegan las noticias de esos presuntos maestros de la CNTE que, pretextando peregrinas nimiedades, se desentienden olímpicamente de un quehacer que, por el contrario, debiera ser un auténtico apostolado. Porque, señoras y señores, no hay tarea más trascendente, significativa y valiosa que la de impartir conocimientos a los niños de la nación. Es más, si alguna contravención pudiere merecer el tremendo calificativo de “traición a la patria”, ahí está la de dejar abandonados a los chicos en sus escuelas: un auténtico delito.

Pero, si esa gente se encuentra en el polo opuesto a los mexicanos responsables —millones de conciudadanos nuestros se desempeñan cabalmente en sus trabajos todos los días y son, precisamente, los que hacen que este país funcione, que produzca artículos electrónicos, que ensamble coches, que exporte hortalizas, etcétera, etcétera— y su manera de ver la vida entraña un enigma tan oscuro como angustioso, todavía mucho más insondable resulta el misterio de esas autoridades que no sólo se desentienden de su obligación de exigirles cumplimientos y resultados sino que, encima, los amparan. Ahí sí que no tenemos ya de dónde agarrarnos porque estamos en la más escandalosa indefensión ante unos grupos de usos clientelares que, por si fuera poco, medran gracias a nuestros impuestos (y que nos lo vengan a rebatir —lo de que mantenemos a una sarta de haraganes irresponsables— a todas esas personas, entre las que me cuento que, luego de que nos quitan ya un sustancioso porcentaje de nuestros emolumentos, tenemos todavía que apoquinar dinero contante y sonante porque doña Hacienda, cada vez más voraz y confiscatoria, nos tiene bien cautivos).

En fin, no nos queda más remedio que seguir así, por los siglos de los siglos, hasta que México se vuelva totalmente ingobernable.