Interludio

¿Qué más quiere Cuarón?

Lo que pide Cuarón no lo puede solicitar cualquier hijo de vecino. Hay niveles, o sea. Me queda muy claro que un Oscar te da empuje y distinción. Por ello mismo, no quiero ni pensar en las alturas que alcanzaría nuestro cineasta si le dieran, por ejemplo, un Nobel. De seguro, el hombre fijaría la agenda legislativa nacional.

Justamente, doña Constitución y las “leyes que de ella emanan” (es la primera vez en mi perra vida que garrapateo el verbo “emanar”, estimados lectores, y creo que no lo volveré a hacer) se tramitan, hasta nuevo aviso, en nuestro Congreso bicameral. Está el tema de las Cámaras de origen —es decir, de si la ocurrencia legislativatuvo lugar entre los augustos miembros de la Menos Baja o de si la ponderaron acuciosamente los no tan distinguidos integrantes de la Bajísima— y, luego, está igualmente la cuestión de las iniciativas enviadas por el señor jefe del Ejecutivo —o sea, el presidente de Estados Unidos (Mexicanos)— que, en los últimos años, no han servido para maldita cosa porque nuestra oposición, que no es “responsable” sino desaforadamente obstruccionista, se ha dedicado a meterle zancadillas al inquilino de Los Pinos para que no coseche los frutos de ninguna posible reforma. Dicho en otras palabras, la intención de los opositores es que el gobierno de turno fracase y, tras el hundimiento de esa autoridad, obtener jugosos dividendos en las urnas para ocupar nuevamente el poder. ¿Y México, mientras tanto? Pues, que se joda…

Algo ha cambiado, sin embargo. Desde que llegó Peña Nieto, las fuerzas políticas opositoras han sido menos respondonas y desatentas. Hubo, después de todo, un tal Pacto por México. Y así, esos representantes populares que deliberan en los fugaces períodos de sesiones que se calendarizan en el Congreso, lograron —oh, milagro— ponerse de acuerdo en ciertos puntos y promulgar cambios a algunas leyes. Eso, ya ocurrió. Ahora, ¿qué más quiere Cuarón? ¿No le podrían preguntar?