Interludio

Que se queden en Michoacán 

El problema del momento, según parece, es “el efecto cucaracha”. No es mala la comparación en lo que toca a una posible catalogación de la catadura de esa gente, los canallas que asolan Michoacán, pero sería en  verdad terrorífico que se refiriera a la prodigiosa capacidad de supervivencia que tienen los repugnantes insectos: dicen que sobrevivirían inclusive a una guerra atómica y, en todo caso, cuando  nosotros —o, mejor dicho, nuestros muy lejanos descendientes en un futuro que no podemos siquiera imaginar pero que será muy feo porque el planeta ya no tendrá los medios para que lo habite la especie humana—, cuando nuestros descendientes, repito, hayan desaparecido y que la Tierra esté poblada, sobre todo, de ratas gigantes y otras monstruosas creaturas, las cucarachas no sólo seguirán ahí, tan  panchas sino, peor aún, serán también enormes y todavía más repulsivas. 

Por lo pronto, en espera de que acabemos con el medio ambiente y de que no haya siquiera una lechuga para aplacar el hambre, la tarea más apremiante es evitar que esas sabandijas llamadas Caballeros Templarios, que de caballerosas nada tienen, escandalosamente cobijadas y consentidas por las autoridades de un estado de nuestra Federación y a las cuales nadie era capaz de marcarles el alto hasta que se aparecieron esos grupos de autodefensa conformados por ciudadanos  acorralados que ya no tienen nada que perder —como ese joven jornalero al que los criminales le mataron a la mujer, le quemaron a la cuñada y, por si no fuera suficiente el horror, colgaron luego los cadáveres a la entrada de su poblado—y que, llenos de ira como estaría cualquiera de nosotros si hubiera atravesado una experiencia tan atroz, por no hablar de la desesperación y del simple instinto de supervivencia, la tarea más apremiante, como decía, es evitar que esa maligna gentuza salga de aquellos pagos y que comience a amenazarnos a nosotros. Por eso, dicen, han sellado las fronteras, para que no salgan. Son de allá. Que se queden allá. ¿Y Michoacán, entonces?