Interludio

A punto de ser un país como todos los demás

Decir que la reforma energética es un robo a la nación se ha vuelto un lugar común tan socorrido como predecible en los amplios círculos del victimismo nacional. El tema se sigue tramitando en nuestras Cámaras en estos mismísimos momentos aunque ya no se le puede marear al pueblo bueno con los hipnóticos encuentros futbolísticos del Mundial y hacerle que mire hacia el otro lado mientras los antipatrióticos legisladores le anotan el gol definitivo.

Como no terminó de cuadrar la teoría conspiratoria de ese calendario distractor, resulta que la nación mexicana sí tiene ahora todas las oportunidades de enterarse del despojo que se está cocinando aunque, a decir verdad, no se advierte tampoco demasiado interés en el respetable público: los ratings del canal del Congreso siguen en la franja más desfavorecida y el populacho se solivianta más bien por cuestiones como el servicio de agua potable en el vecindario o cualquiera de los otros pretextos que sirven para alimentar la consabida protesta social.

Pero, en fin, en algún momento se consumará ya definitivamente el presunto atraco y tendremos, entonces, una compañía paraestatal que seguirá perteneciendo a todos los mexicanos, endeudada hasta las narices, pero que podrá recurrir a los osados inversores privados que quieran arriesgar su dinero para inyectarle a la empresa los recursos de los que carece y explorar así nuevos yacimientos o explotar la fabulosa riqueza petrolera de nuestro subsuelo.

Nada nuevo bajo el sol, por cierto. Todo mundo lo hace y hasta los países declaradamente comunistas o disimuladamente izquierdosos le han abierto las puertas a los aventureros del exterior, o a los pocos de casa que puedan andar por ahí, para fortalecer su sector energético. Resulta, sin embargo, que aquí somos un territorio donde los dogmas y las ideologías importan más que los provechos inmediatos. Y así, no nos dejamos impresionar por evidencias del tamaño de una casa como la realidad de que Pemex, la madre de las todas las corporaciones nacionales, está totalmente secuestrada por unos mexicanos que son más mexicanos —o sea, más iguales, parafraseando a George Orwell— que todos los demás: gente que celebra jugosísimos contratos con sus amiguetes, que se reparte alegremente el pastel, que transporta las gasolinas importadas en camiones de su propiedad y que se las apaña para dorarnos la píldora con el cuento de que todo ese negocio, su negocio de ellos, tiene que ver con el acendrado patriotismo de nosotros.

En fin, las cosas se están moviendo. Y, más pronto que tarde, seremos casi un país normal, como todos los demás, aunque ninguna corporación extranjera pueda traficar libremente con los energéticos ni vender sus combustibles a la vuelta de la esquina. La tal reforma, que tanto ruido nos mete, no es la consumación de lo deseable sino meramente de lo posible. Pero, algo es algo, después de todo.


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