Interludio

¿Nada puede estar bien en México?

En los últimos tiempos, hemos tenido una inusual cosecha de buenas noticias: los partidos políticos celebraron un pacto de civilidad, nuestro Congreso bicameral ha trabajado a marchas forzadas, las ansiadas reformas estructurales se han concretado, se ha creado una nueva policía nacional (esa Gendarmería adscrita a la Policía Federal que, por el perfil de sus integrantes, puede ser un factor para mitigar el pavoroso problema de la inseguridad) y, finalmente, se acaba de anunciar la construcción de un nuevo aeropuerto en Ciudad de México.

Los ánimos colectivos, sin embargo, siguen a la baja y cada uno de estos logros, tan palmarios y evidentes como puedan ser, es recibido de forma desdeñosa por legiones de ciudadanos totalmente indispuestos a reconocer cualidad alguna en los desempeños de lo público. El asunto de ese aeropuerto cuya edificación no se pudo siquiera comenzar en el sexenio de Fox exhibía, en toda su dimensión, la perversa inmovilidad en que se encontraba este país al haberse convertido en el rehén de unas oposiciones, de uno y otro bando, que privilegiaron sus mezquinos provechos partidistas en detrimento de los intereses superiores de la nación. Pues bien, hoy, así fuere por el hecho de que el PAN, el PRD y el PRI se hayan podido poner de acuerdo en algo —y de que las cosas, en consecuencia, estén cambiando—, deberíamos admitir, por no decir celebrar,esta mejoría. Pero, ¿qué pasa? Pues, que no hay noticia buena posible, ni del aeropuerto (“lo van a construir en un pantano”; ”es un negocio de los mismos de siempre”), ni de nada. Que vengan los sociólogos a explicarnos lo que está ocurriendo.

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