Interludio

Entre que son peras o son manzanas…

Entre que los milicianos de los grupos de autodefensa son simples vecinos, buena gente, o peligrosos sicarios de alguna organización rival de los Caballeros Templarios que buscaría meramente arrebatarles la plaza y comenzar a secuestrar, cobrar derecho de piso, asesinar a los que se resisten, raptar a las jóvenes más guapas de las localidades para convertirlas en sus esclavas sexuales, extorsionar a los agricultores y exigir peajes a los imprudentes viajeros que se aventuren por las carreteras de Tierra Caliente, no podemos realmente pedir que el supremo Gobierno los desarme a la torera —dejando indefensos a ciudadanos mexicanos que se vieron obligados a tomar las armas para garantizar su patrimonio y seguridad personal— ni tampoco podemos glorificar (y vaya que ganas no me faltan de expresar abiertamente mi simpatía por esa gente que parece encarnar de la manera más gloriosa la indignación y el espíritu de lucha del pueblo soberano) a individuos que portan poderosísimas armas de asalto.

En primer lugar, ¿dónde las consiguieron? ¿Cómo las pagaron? ¿Y qué entrenamiento recibieron, en el caso de que las hayan recuperado en refriegas sostenidas con los tales Caballeros, como para, justamente, enfrentarse a criminales peligrosísimos, aparte de sanguinarios, y despojarlos en sus narices de sus rifles y metralletas? Además, ¿de qué viven y cómo es que van de aquí para allá a su aire, dejando abandonados su huertos y sus granjas, sin mayores problemas de dinero y como si alguien, un tercero, les financiara sus actividades? ¿Cómo es que mandan confeccionar camisetas con leyendas impresas que sirven para identificarlos abiertamente? Y, en el caso de la propuesta de las autoridades de que abandonen sus actividades de vigilantes autónomos y justicieros populares para unirse a las policías oficiales ¿ustedes creen que a un tipo que tiene una plantación de limones o que exporta aguacates le interesa ser tira? Vamos…

No ha habido enredo mayor en este país desde hace decenios.