Interludio

¡La patria no se vende! (nadie quiere comprarla)

Traten de imaginar ustedes algo más tremendo que la advertencia de que se “vende la patria”. Ay, mamá. Y, ¿quiénes, por Dios, están traficando tan vilmente con nuestra soberanía y con el patrimonio de todos los mexicanos? ¿Quiénes son los responsables directos de tan perverso entreguismo? Pues, son muchas personas: comenzaríamos con Enrique Peña y los suyos; luego vendrían sus comparsas del Partido Acción Nacional y, por encima de todos ellos, esos “ricos y poderosos” que, a su vez, habrían firmado acta de irremisible rendición ante el capital extranjero.

Pero, ¿qué hacen? Muy simple: han cambiado nuestras leyes y ahora van a permitir que Pemex, que es la empresa petrolera del pueblo de México, reciba dinero de inversores privados —autóctonos y del exterior— para capitalizarse, explorar nuevos yacimientos y producir más hidrocarburos. Muy bien y, por cierto, ¿cómo está Pemex? Pues, miren ustedes, no nos pertenece realmente a todos los habitantes de este país sino sólo a aquellos que han tenido la suerte, hasta ahora, de orbitar en sus cercanías como los contratistas, los proveedores, los jeques de los sindicatos y, bueno, todos esos trabajadores que, debidamente empleados por una corporación que les ofrece con ejemplar magnanimidad unas generosísimas prestaciones, la han llevado a afrontar un pasivo laboral —es decir, la retribución de pensiones, atención médica y otros beneficios a individuos que han desempeñado funciones a lo largo de décadas enteras— que, al final de 2012, alcanzaba la astronómica suma de 99 mil millones de dólares. Estamos hablando, estimados lectores, de más de un billón de pesos de los que usamos en el habla castellana: o sea, más de un millón de millones. Ah, y nuestra empresa no tiene la plata para cubrir este colosal quebranto. ¿Dónde están los valientes inversores que la salvarán? Yo, con perdón, no los veo por ningún lado. ¡No se va a poder consumar la venta de México, qué carambas!