Interludio

Si no pagas, lo entierro vivo a tu hijo

Escuchaba el otro día a doña Isabel Miranda de Wallace, entrevistada en la radio por Joaquín López Dóriga y, más allá de parecerme absolutamente admirable y ejemplar el temple de esta mujer, su reseña de las cosas en el México de estos días —es decir, en un país intimidado por los criminales donde, por si fuera poco, la administración de la justicia, como bien dice ella, es un “verdadero calvario” para todas las víctimas que intentan buscar reparación— me dejó con esa perturbadora sensación de desasosiego que resulta del horror.

Sí, ése es el término: horror. Porque, han de saber ustedes que, en últimas fechas, los secuestradores no sólo ejecutan expeditamente al dueño de una ferretería, o al ama de casa o al niño, cuyos familiares no logran reunir la suma exigida —lo cual, en esas terroríficas circunstancias, sería ya un mal menor— sino que los… ¡entierran vivos! Eso mismo, señoras y señores.

Yo me pregunto cómo es que podemos, en nuestra condición de ciudadanos merecedores de derechos y de personas que aspiran a vivir en un país civilizado, acomodarnos a esta espantosa realidad. Porque, digo, el mero hecho de que existieran individuos capaces de perpetrar estos crímenes con tan descomunal vileza sería, en sí mismo, algo tan amenazador para la sociedad entera como para llevarnos a actuar colectivamente y a plantearles, a nuestras autoridades, un ya basta sonoro, indignado, perentorio y terminante. Y es que, a pesar de que la inquietante proliferación de sujetos con rasgos antisociales —entendida esta caracterización como una patología debidamente consignada por la psiquiatría— pudiera atribuirse a la descomposición moral de la nación mexicana (finalmente, la corrupción tiene costos altísimos), es sobre todo la impunidad —resultante de la calamitosa actuación de jueces, investigadores y fiscales— la que les allana el camino a los asesinos descarnados y abyectos: actúan sin temor, sin miedo a las consecuencias y fuera de todo control.

¿Qué país es éste?