Interludio

¿Quién paga verdaderamente el precio de las sanciones?

A Irán, por lo peleón y respondón que ha sido el tenebroso régimen de los ayatolas, la comunidad internacional le ha recetado unas sanciones de pronóstico reservado. Anteriormente, tras la invasión de Kuwait, a Irak le habían aplicado también unos castigos draconianos. El país era gobernado todavía por otro de los camorristas de la escena mundial, el tristemente célebre Sadam Husein.

Pues bien, en el caso del territorio iraquí, el precio que pagó la población civil fue altísimo: en los hospitales, los niños morían todos los días por falta de medicamentos que les hubieran podido salvar la vida pero que no se conseguían en el mercado local debido, justamente, a esas sanciones que con tanta tranquilidad de conciencia dispusieron las muy civilizadas naciones de Occidente. Mientras tanto, Sadam y los suyos, tan tranquilos: a los déspotas nunca les ha preocupado el sufrimiento de sus pueblos. Más bien al contrario: su ley es el avasallamiento, su negocio es la opresión y su método es el terror. Y así, los pequeños iraquíes caían como moscas y el aparato del Estado dictatorial seguía tan inexpugnable como siempre. Cabe preguntarse, entonces, por qué se han aplicado universalmente esos métodos de presunta coacción (con el aval de la Organización de Naciones Unidas, miren ustedes, al tiempo que la Unicef, que es un organismo propio de la gran institución mundial, denuncia la angustiosa situación de los infantes y de personas perfectamente inocentes en los países castigados) siendo que su único resultado es el dolor de los pueblos.

Ahora, todos van a por Putin, que es uno más de esos impresentables que gobiernan en este ancho mundo. Y, ¿qué pasa? Pues que el tipo sigue ahí, tan pancho, en plan machote y desfachatadamente pendenciero. Quienes van a sufrir las consecuencias son los rusos de a pie. Y lo peor es que no hay nada que hacer. Nada, excepto sentarse a esperar que la democracia liberal sea una realidad en todas partes.