Interludio

La nociva terquedad de los gobernantes

Llevar las riendas de un país, cualquiera que pueda ser, es un asunto muy complicado. Por fortuna, se supone que los líderes políticos son individuos instruidos en las artes de la gobernación. Pero, miren ustedes, tienen también sus ideas y sus limitaciones, por no hablar de aquellos que van, de plano, en plan matón: ahí están, para mayores señas, Vladimir Putin y Nicolás Maduro, entre los muchos otros nefastos que podrían figurar en la lista. Ya sabemos que son un problema, para su nación y para las demás, pero ocurre que los otros, los vagamente presentables, terminan siendo también muy nocivos cuando se aferran tercamente a ciertos dogmas o se dejan llevar ciegamente por sus principios ideológicos. Llegado el caso, desconocen una realidad que está ahí, llamando a la puerta, más allá de que sus tejemanejes resulten, sobre todo, de sus muy terrenales intereses (esencialmente, los que determinan unas clientelas electorales a las que hay que dar gusto).

En este sentido, las decisiones de muchos de los gobernantes del planeta han tenido consecuencias verdaderamente asombrosas: George W. Bush se lanzó a una guerra costosísima, en vidas y en recursos materiales, que no tuvo otro resultado que desmembrar por completo a Iraq, un país amenazado ahora mismo por los mismísimos enemigos que Estados Unidos pretendía combatir. Libia, tras la caída de Gadafi, es una nación desecha. Y de Afganistán ni hablamos.

Ahora bien, se pueden perpetrar igualmente errores garrafales en tiempos de paz y en circunstancias supuestamente normales. Lo digo porque he leído, en las últimas semanas, auténticos llamados en la prensa internacional, dirigidos a la señora Merkel, para que abandone su perjudicial política de austeridad y se ponga a gastar dinero. Lo que está en juego, ni más ni menos, es la caída en recesión económica de todo un continente. Y, no pasa nada, no hay respuesta alguna. Así funciona el mundo, señoras y señores.