Interludio

Y de los narcos ni hablamos, ¿eh?


Nada se dice de quienes ordenaron a 43 jóvenes alumnos que dejaran sus aulas, que viajaran a un ciudad lejana y que se apoderaran por la fuerza de cuatro autobuses. Son prácticas habituales en la escuela normal de Ayotzinapa pero cualquier investigador que se propusiera desentrañar los entresijos de este espantoso suceso debería de llevar sus averiguaciones por ese camino.

Y nada se dice, tampoco, de Abarca y su mujer, que son los primerísimos responsables —más allá de lo oscura y sospechosa que parece la actuación de unos lideres estudiantiles que siguen ahí, tan panchos— de la muerte de los muchachos: fueron ellos quienes dieron órdenes a la policía municipal de que les cerraran violentamente el paso y fue esta corporación —bajo las órdenes de un alcalde que, por si fuera poco, no es miembro del partido político del presidente de la República sino de la oposición— la que los entregó a los canallas que trabajaban para una organización criminal.

Nada se dice, de la misma manera, de que el crimen está ya explicado, resuelto y aclarado, aunque falta todavía que se celebre el juicio para castigar a unos culpables que, nuevamente, no sólo han sido ya detenidos sino que han confesado, con lujo de detalles, los hechos: decenas de policías de la fuerza pública de Iguala están en la cárcel, las autoridades federales capturaron a los sicarios y a varios cabecillas de la organización Guerreros Unidos y, lo repito, el antedicho Abarca y su mujer, que se habían fugado, terminaron siendo atrapados por las fuerzas especiales.

Nada se dice de la contundente respuesta de la Procuraduría General de la República y de la actuación de un fiscal de la nación que, con el ánimo de dar una respuesta convincente y de esclarecer las cosas, ha explicado minuciosamente lo que ocurrió.

No, ni son señalados los verdaderos culpables ni son tampoco reconocidos quienes, por una vez, han hecho justicia. En las manifestaciones, las algaradas, los bloqueos y las marchas suenan otras reclamaciones. ¿Por qué?