Interludio

Un mundo cada vez más desigual


Uno de los más asombrosos postulados de la economía tiene que ver con el desempleo: en todas las sociedades, por más eficientes y competitivas que puedan ser, hay un número inamovible de personas sin trabajo. Es decir, la perspectiva de que en un país particular se elimine por completo el paro es una quimera. Siempre habrá gente que no encontrará dónde colocarse.

Luego entonces, si ninguna organización de las fuerzas productivas garantiza el pleno empleo y si esto es ya algo previsto —y, peor aún, aceptado—, la triste realidad de las cosas es que muchos individuos se quedarán fatalmente al margen del bienestar y que no podrán jamás llevar una vida, por así decirlo, normal. El posible consuelo es que no siempre sean los mismos quienes atraviesen esta dura circunstancia y que se trate de un fenómeno aleatorio que ocurra de manera alternante: cuando algunos sean despedidos, otros encontrarán una ocupación, y al revés.

Los números son obligadamente fríos aunque reflejen de manera directa una determinada situación. Pero, cuando dejamos ese universo de porcentajes y consideramos que detrás de cada medición hay un destino humano —una vida, una existencia concreta—, la descarnada crueldad del sistema económico no deja de ser, como decía, verdaderamente sorprendente: implica, con una pasmosa naturalidad, una dosis inmutable de sufrimiento. Otras estadísticas, es cierto, pronostican también una muy calculada cantidad de tragedias: muertes en accidentes, decesos por enfermedades cardiovasculares, desastres naturales y otras calamidades. Son, sin embargo, fenómenos que se pueden atribuir al azar: no resultan de una planificación o, en todo caso, no se deben al diseño de una política determinada con deliberación. Lo del desempleo estructural, por el contrario, viene siendo una durísima constatación “científica” (bueno, si alguna ciencia existe que pueda ser inexacta y totalmente imprevisible, ésa es la economía), algo así como la oficialización de la desgracia. Implica, por si fuera poco, la fatalista aceptación de un fenómeno que resulta de toda una organización social donde intervienen factores como las fuerzas del mercado, la intervención del Estado en la vida económica, la democracia y el mismísimo orden previsto en las leyes que rigen en nuestras sociedades.

La aceptación de que los bienes generados en el planeta no alcanzan para todos sus habitantes se ha ido infiltrando en nuestras conciencias de tal manera que la pobreza nos parece, también, algo tan irremediable como natural. Y, hay algo más: la desigualdad se ha acrecentado hasta convertirse en una suerte de modelo global mientras los ciudadanos, así de amenazados como nos sentimos, miramos hacia el otro lado. ¿Hasta cuándo?  

revueltas@mac.com