Interludio

¿Qué tan malo es no comprar nada?

La ineludible realidad del mentado Buen Fin me lleva a hacerme preguntas, tremendas y decisivas, sobre la naturaleza de los impulsos humanos, así como lo oyen ustedes.

Creo, con perdón, que la urgencia de adquirir cosas, necesarias o superfluas, se parece muchísimo a la necesidad compulsiva que tenemos las personas de consumir alcohol, de relacionarnos con personas nefastas, de rendirle culto a dioses artificiales y, en general, de ceder a la irresistible tentación provocada por las adicciones.

¿Qué posible satisfacción puede haber en la compra de objetos, trapos, artilugios electrónicos y accesorios presuntamente deslumbrantes? Para empezar, el fenómeno de los rendimientos decrecientes —es decir, de la cada vez más reducida complacencia que uno encuentra en la adquisición de mercancías— es casi una ley natural: tu primer coche, cuando comienzas a conducirlo luego de que te lo entrega el vendedor en la agencia autorizada, es una suerte de milagro; tu segundo vehículo ya no te maravilla tanto; y, a partir del quinto BMW que te procuras en esta vida, el sentimiento de asombro, y de agradecimiento, es, como dictan las leyes del universo, progresivamente menguado.

Pero, miren ustedes, el impulso de comprar sigue ahí, como una promesa magnífica, y los indefensos consumidores, según parece, no podemos resistirlo. Resulta, entonces, que al escuchar los cantos de las sirenas dejamos de pensar, de reflexionar y de calcular. Se nos olvidan las consecuencias del gasto irresponsable –es decir, de las decisiones tomadas en momentos de impulsividad—y, al final, terminamos como los insatisfechos compradores de cosas que no necesitamos pero, sobre todo, como los condenados a una sentencia de pagos interminables, abusivos y oprimentes.

Muy bien, pero si nadie comprara nada, por estar plenamente enterada la gente de la naturaleza esencialmente perversa del consumo irracional, entonces ¿podría seguir funcionando este mundo?

Gastar es bueno, nos dicen. Y, ahí vamos todos, como borregos.