Interludio

Las malditas leyes secundarias

De no ser por el atorón de las leyes secundarias —que vaya usted a saber cómo se procesarán en nuestro Congreso bicameral— el mero hecho de que se hayan promulgado ya importantes reformas estructurales sería algo casi prodigioso en un país que ha estado sumido en una perniciosa inmovilidad durante años enteros.

Pero, justamente, los efectos beneficiosos no se perciben todavía por ningún lado. A no ser, desde luego, que la mera estabilidad macroeconómica —derivada de políticas públicas responsables y cuidadosas— pueda ser considerada una suerte de proeza en sí misma (después de todo, los desempeños globales de México en este rubro —el manejo de la inflación, el mantenimiento de un tipo de cambio realista y la prudencia en el gasto público— han bastado para crear bienestar y riqueza inclusive en un entorno de mediocrísimo crecimiento económico).

La gente quiere más, sin embargo. Y la oposición de izquierda saca provecho del descontento, de manera bien tramposa: han denunciado, algunos de sus prohombres, que la reforma energética no sirve porque no ha provocado siquiera que bajen los precios del gas y la gasolina. ¿De verdad se creen lo que dicen? ¿Realmente piensan que los provechos de la mentada reforma debieran ser ya visibles y palpables a estas alturas, cuando ni siquiera se han celebrado contratos para exploraciones, para multiplicar la producción o para explotar nuevos yacimientos? Si nadie ha invertido ni un centavo todavía, ¿por qué diablos debieran bajar los precios de los energéticos? Pura insidia, la de nuestros populistas, que se oponen primitivamente a la modernización de un país que, para ellos, debiera seguir arrodillado ante los mitos y la demagogia.

Es un hecho, con todo, que la población se impacienta. Y ahí, los resultados deberán de verse pronto porque la insatisfacción ciudadana siempre termina por pasar factura en las urnas. Dicho en otras palabras, esos famosos reglamentos y ordenanzas gracias a los cuales las leyes supremas se vuelven aplicables a la realidad real, deben ser concretados de una buena vez. Supongo que nuestros legisladores ya se habrán enterado.

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