Interludio

La mala imagen de México

Una antigua vecina mía, luego de que hubiera yo promovido en Facebook un artículo en el que refuto la bondad universal de las madrecitas mexicanas y me atrevo a señalar que algunas de ellas, con el perdón de ustedes, son responsables de haber fomentado el despotismo del Machito de la Casa y, llevada esta postura de consentimientos y mimos a extremos peligrosos, de crear, de plano, individuos antisociales, con lo cual, a pesar de lo posiblemente injusto del señalamiento, no pretendía yo en manera alguna formular una generalización abusiva —ni mucho menos repartir responsabilidades (cosa, además, que no me toca por más que pueda soltar, en esta columna, muy personalísimas opiniones sobre una gran variedad de asuntos) en un tema, el de la violencia, que es complejísimo y que es causado por una gran cantidad de factores— sino meramente desacralizar una figura que se vuelve objeto de descomedidas adoraciones cada que vuelve el 10 de mayo, una antigua vecina mía, repito, me reconviene, miren ustedes, por atacar a las mujeres y proponer que “ya no celebremos el Día de la Madre”. Y esto, para mayor inri, en un país, dice ella, donde nos dedicamos a matarlas (en el norte del territorio, o sea, en Ciudad Juárez) porque nuestra sociedad —como esas de Musulmania donde las discriminan violentamente, les impiden estudiar y hasta les prohíben conducir un coche—, tiene una cultura que reprime a las mujeres.

Me tomé el tiempo de intentar aclararle que una cosa es la muy condenable omisión del Estado mexicano en la defensa de sus ciudadanos —en este caso, todas esas mujeres desamparadas ante el acoso de los criminales— y otra muy diferente es la existencia de sociedades teocráticas de usos medievales. No sirvió de nada: mi ex vecina, afincada en el sur de los Países Bajos, sólo sabe de los centenares de mujeres muertas. Una realidad que nadie puede negar, por otra parte. Tal es la imagen de nuestro país en el exterior.