Interludio

La madre de todos los dilemas

Si el Estado no me protege, ¿tengo el derecho de ocuparme de mi propia seguridad? Recuerdo, en tiempos pasados, que cierto director de la policía nos aconsejaba, a los ciudadanos, de llevar un arma para defendernos de los delincuentes. Y, en nuestro vecino país del norte, la gente exige airadamente que se mantenga vigente esa nebulosa disposición estipulada en la Segunda Enmienda constitucional que, según parece, otorga el derecho a poseer auténticos arsenales para que puedas salvaguardarte como Dios manda.

Bueno, pues en Michoacán, los agricultores y los comerciantes y los simples vecinos, hartos de la terrorífica amenaza de los tales Caballeros Templarios —una organización criminal que, al decir de algunos, surgió, a su vez, para oponerse a otro grupo de maleantes, La Familia (vaya nombres tan ocurrentes, los que esa gente le pone a sus siniestras pandillas) que también acojonaba al personal— decidieron, miren ustedes, arrejuntarse en comandos fortísimamente armados no solo para vigilar sus localidades sino, con ejemplar sentido de la estrategia militar, para ir ocupando posiciones y cercar finalmente al enemigo.

No sabemos, los comunes mortales, si los grupos de autodefensa son auténticamente civiles o si han sido infiltrados ya por personas de declarada incivilidad, por llamar de alguna manera a los sicarios y matones de alguna otra organización rival, pero a mí la mera posibilidad de que las autoridades le corten las alas a un grupo de ciudadanos, movidos por la desesperación, que busca simplemente sobrevivir en una situación de pavorosa adversidad, me parece inaceptablemente arbitraria, por no decir injusta. Pero, al mismo tiempo, es muy inquietante la posibilidad de que estas milicias se conviertan, muy pronto, en una fuerza incontrolable y peligrosa.

Ayer, Javier Solórzano entrevistaba en la radio a un tal Arturo Román, uno de los cabecillas de los grupos de autodefensa, y el hombre parecía, aparte de sensato, honrado. Vaya dilema, para el gobierno.