Interludio

La infinita crueldad del futbol

Nos quejamos mucho, en estos pagos, de las durezas del destino futbolístico. Vamos de eternos aspirantes y nos ilusionamos descomunalmente cada vez que la victoria parece asomarse en el horizonte de las grandes competiciones internacionales. Pero, a ver, esa condición de pretendientes que, de vez en cuando, logran poner contra las cuerdas a los equipos “grandes” de este planeta, ¿es una especificidad mexicana —es decir, nos pertenece en exclusiva a los sufridos aficionados de este país— o, más bien, la comparten otras naciones que luchan también denodadamente a lo largo de 90, o 120, minutos y que, llegado el momento de la verdad, no encuentran recompensa alguna a sus esfuerzos y tampoco consiguen, a pesar de todos los pesares, ese triunfo tan deseado?

Pues, resulta que esto, lo del futbol —que, cuando tienen lugar los Mundiales, no es otra cosa que un enfrentamiento entre los poderosos de siempre y los “pequeños” que intentan abrirse paso y lograr el reconocimiento de los demás—, viene siendo, además, una suerte de cruda representación de la injusticia. Ahí tienen ustedes, para mayores señas, a esa Argelia que, con perdón, tuvo mejores desempeños que los muchachos del Piojo y que, tras un partido verdaderamente épico, abandonó el terreno de juego con una derrota porque, qué caray, ocurre que los equipos “grandes”, por alguna extrañísima razón, son los que terminan siempre por sentenciar los partidos. El espejismo de ganarle a Holanda, por lo que parece, no fue demasiado diferente a la fantasía de que Argelia dejara fuera del Mundial a Alemania.

En lo que toca a los posibles arreglos, chanchullos, componendas y contubernios, también tuvimos ese penal que no silbó el árbitro, anteayer, luego de que Patrice Evra, el defensor francés, le perpetrara un escandaloso cerrojazo en el área a un rival de Nigeria. Henos aquí hermanados con los africanos en el infortunio. Pero, miren ustedes, tampoco Suiza pudo con Argentina. Ya somos suizos todos.