Interludio

La imposibilidad de saber lo que pasó

No hay noticia que pueda uno leer sobre un asunto judicial —un asesinato, una detención de un presunto culpable, un fraude, una acusación, una condena de prisión, etcétera, etcétera— en la que no comience a carcomerte la inquietante duda sobre la culpabilidad de los implicados. Tal el desastroso estado de nuestra justicia. Y tal es, sobre todo, la gran asignatura pendiente de un país que, por lo visto, se acomoda sin mayores problemas al hecho de que los jueces, los agentes del Ministerio Público, los investigadores y los policías sean tan ineptos como corruptos, tan descuidados como inmorales, tan desalmados como nocivos, tan aviesos como temibles y tan inconscientes como malignos.

Ahora sale a la luz el caso de esta chica, Yakiri, que dice haber sido primeramente violada —y que habría entonces matado a uno de sus agresores en el momento de tratar de defenderse— y a quien la autoridades acusan simple y puramente de homicidio calificado.

En todo caso, los ciudadanos desconfiamos tanto de la administración de la justicia que prácticamente cualquier condena dictada por los acusadores está bajo la sombra de la sospecha. Sumen ustedes nuestra crónica ingenuidad —bueno, es una suerte de candor al revés: nos creemos todo lo malo, por más inverosímil que pueda ser— y entonces no hay ya ningún suceso que deje de parecernos arbitrario y abusivo. De tal estado de cosas se aprovechan, justamente, los delincuentes —y sus encubridores familiares— para, cada vez que toca, aducir que sus confesiones fueron obtenidas mediante torturas y maltratos.

Tu vas a una cárcel y todo mundo te dice que es inocente. Muy bien, pero ¿qué pasa cuando el que denuncia haber sido encarcelado injustamente, en efecto, no es culpable? Y, de la misma manera, ¿debemos de resignarnos a que los verdaderos criminales se sirvan de nuestra desconfianza hacia las autoridades —y del hecho de que ocurran muchos abusos comprobables— para manipular los hechos y evadir así la acción de la justicia? Ustedes dirán.