Interludio

La imparable desaparición de los comercios

En un pasado muy cercano había en los barrios pequeñas librerías donde podías pasar el tiempo despreocupadamente, a tu aire, hojeando volúmenes, leyendo las notas de las contraportadas, codiciando algunos ejemplares hermosos que algún día habrías de comprar o disfrutando tan sólo el hecho de encontrarte ahí, rodeado de esos nobles objetos en los que se acumula el pensamiento de los hombres.

Me he encontrado con personas que se otorgan, a la torera, el derecho a poseer un libro sin mayores trámites, es decir, a robarlo en las librerías. Y esto, sin mayores problemas de conciencia porque que te lo dicen abiertamente como si el hurto fuera un comportamiento natural. Por lo que parece, la condición, necesariamente elevada, que novelistas y filósofos le han conferido al libro, lo convierte en un artículo que se merece en automático, sin tener que pasar por la caja registradora. ¿Pagar dinero sucio por recibir conocimiento, por leer a Proust o por impregnarse de sublime poesía? No señor.

Pero, entonces, ese poeta tan excelso o ese escritor de novelas oscuras o ese filósofo que muy trabajosamente ha logrado que le publiquen sus crípticos ensayos, ¿no merecen remuneración alguna por sus desvelos? ¿No viven como el resto de la gente, obligados a pagar renta, a hacer la compra de los víveres o a solventar colegiaturas? Y, en lo que toca al librero, que hubiera podido dedicarse a un comercio más rentable en lugar de intentar vender libros, ¿es justo privarlo de sus ganancias?

Bueno, pues esos pequeños locales han prácticamente desaparecido. Cierto escritor, entrevistado por un diario, maldecía la existencia del sitio de compras Amazon, en la Internet. Es un individuo nostálgico, sin duda, que añora el trato personal que te ofrecían las librerías de antaño. Sin embargo, esta transformación del mundo es imparable: muy pronto, no sólo dejaremos de acudir a las librerías sino que compraremos casi todo en la pantalla del ordenador. Ah, y nadie podrá ya robar nada…