Interludio

Los héroes innecesarios (I)

Estoy en contra de los héroes. No por su ejemplar capacidad de sacrificio ni su prodigiosa generosidad: los héroes han sido imprescindiblesa lo largo de una historia de la humanidad hecha de episodios extraordinarios y colosales adversidades. Pero, justamente, nuestra aspiración de ciudadanos moldeados por la apacible modernidad no es la de afrontar hostilidades ni cataclismos donde pueda, y deba, surgir la figura de un homérico salvador sino la de llevar una vida sin sobresaltos, una existencia de certezas y seguridades, sin incendios ni naufragios ni guerras civiles ni invasiones de extraños enemigos.

El héroe no existe más que en situaciones extremas que amenazan directamente a una persona o un grupo de individuos. El héroe surge en escenarios aciagos, brota como una figura providencial entre las llamas del colegio que arde y rescata al anciano olvidado en la cubierta del paquebote que se hunde. Ahora bien, ¿por qué ocurren esos sucesos, más allá de los ciegos embates del azar y la fatalidad? Pues, muchas veces, resultan de la simple ineptitud de los responsables directos o de criminales descuidos de gente cuyo comportamiento, en este sentido, no tiene nada de heroico. O sea, que el heroísmo viene siendo una suerte de elemento compensatorio, por así decirlo, que podría no ser necesario si las cosas se hubieran hecho bien desde un principio: las guarderías no tienen por qué incendiarse ni hay tampoco razón alguna por la cual un autobús deba quedarse sin frenos. La progresiva modernización del mundo nos llevará a una realidad cada vez más sosegada donde casi sobrarán las figuras providenciales.

Ah, pero hay héroes de otra ralea, todavía más innecesarios. Germinan, por lo general, en los sistemas políticos poco evolucionados. Y, como necesitan de hazañas y grandes gestas para exhibir su presunta grandeza, entonces se inventan, ellos mismos, las situaciones de excepcionalidad. Mañana sigo con la posible radiografía de esa gente.