Interludio

Los héroes innecesarios (II)

Cuando vivamos en un mundo totalmente ordenado, un universo de férreas disciplinas y estrictísimos controles de calidad, la participación del héroe de turno se limitará a los sucesos, ahí sí, totalmente imprevistos como el de ese avión que amerizó en el río Hudson, el 15 de enero de 2009, luego de que el impacto con una parvada de barnaclas le inutilizara los motores: la actuación del comandante Chesley Sullenberger, antiguo piloto de caza de la United States Air Force, fue absolutamente portentosa, una mezcla de sangre fría y deslumbrantes habilidades.

Mientras tanto, en este entorno de guerras y otras catástrofes evitables, los héroes juegan todavía un papel importantísimo siendo, además, que su actuación resulta de circunstancias tan excepcionales como inesperadas porque, miren ustedes, esos individuos de la especie tan generosos y desinteresados no fantasean, por lo general, con escenificar grandiosas epopeyas sino que, llegado el momento, hacen lo que creen que tienen que hacer y sanseacabó.

Ah, pero en mi columna de ayer toqué el punto de los otros próceres, tan ambiciosos de origen como egocéntricos y megalómanos, que se abren paso en los espacios de esas sociedades, subdesarrolladas políticamente, donde el precario andamiaje institucional está que ni mandado a hacer para sus muy personales designios y donde, a falta de un oportuno cataclismo en el que puedan ejercer de salvadores, fabrican artificialmente, ellos mismos, las circunstancias para poder engatusar a las masas. Lo primero que acostumbran hacer estos caudillos es inventarse un enemigo de la nación —o, de ese “pueblo bueno” al que hay que defender— y sembrar así la inquietud entre el personal. Y, luego, cuando ya le han despertado a la gente sus instintos tribales y sus más oscuros rencores, dan un paso al frente y se proclaman los salvadores de la patria, reclamando, por si fuera poco, pleitesías y absolutos sometimientos. Esos tales héroes salen sobrando. Sí señor.