Interludio

¿No nos gusta la consulta que promueve el PRI?

Ahora resulta que los representantes plurinominales (vaya terminajo; ¿de dónde diablos se lo habrán sacado?) no son estorbo en la vida pública de un país que se volvió declaradamente democrático como el nuestro —por lo menos en lo que se refiere a la elección de nuestros parlamentarios, nuestros alcaldes y nuestros Ejecutivos locales y federal (digo, porque lo de la rendición de cuentas sigue siendo una asignatura pendiente)— y que debiéramos seguir manteniendo, con esa plata que tan trabajosa y poco gustosamente le apoquinamos a doña Hacienda, a 32 senadores del supremo Senado y a 100 miembros de la Cámara Bajísima que, por si fuera poco, se embolsan unos emolumentos siderales, unos gastos de representación de pronóstico reservado, unas compensaciones que se te desprende la mandíbula, unos sobresueldos que ni te cuento, unas gratificaciones de ensueño y unos estímulos de fábula. No, no estorban ni tampoco le cuestan un ojo de la cara al erario (no se dice erario público, raza, porque el vocablo, según algunos lexicones, significa: tesoro público) ni le engendran una descomunal irritación a la ciudadanía. No. Por el contrario, son indispensables para equilibrar la representatividad de las fuerzas políticas y su desaparición va desbalancear el imperio de los partidos en nuestro Congreso bicameral o, mejor dicho, el orden imperante.

En política, señoras y señores, las propuestas no son buenas ni malas sino todo lo contrario. O sea, que si a don Obrador, por citar un ejemplo, se le ocurre plantear que la inversión privada en Pemex no es necesariamente maligna sino posiblemente deseable, entonces estamos hablando de la inteligente visión de un hombre de Estado dotado de un ejemplar pragmatismo. Pero, si lo mismo es formulado por el consorcio PRI-PAN, pues ahí se trata de una “traición a la patria”.

Ahora, el PRI proyecta una consulta popular para deshacernos por fin de los parlamentarios superfluos. ¿No es lo que queríamos? ¿Entonces?