Interludio

En contra de las generalizaciones abusivas

La intención cuenta. Es lo primerísimo que sabe un juez al dictar sentencia. Si vas conduciendo tranquilamente el coche y atropellas a un tipo distraído que cruzó la calle, deberías de no pasar ni una noche en la cárcel (estamos hablando de lo que tendría que ocurrir en la realidad de un entorno civilizado, no de la absurda justicia que se aplica en un país, como el nuestro, donde si un suicida se avienta al vacío y le cae encima a tu vehículo eres considerado en automático un asesino y comienzas a vivir una pesadilla legal). Si manejas temerariamente y provocas un accidente, entonces se castigará tu imprudencia. Y, si dispones un montaje para matar deliberadamente a un rival indeseable haciendo que parezca un percance de tránsito fortuito entonces, al comprobarse la maquinación, recibirás una severa pena de prisión por haber asesinado a otro ser humano con “premeditación, alevosía y ventaja”, como se dice en los juicios que describen las novelas policíacas. Y, miren ustedes, en los tres casos las consecuencias son exactamente las mismas: la muerte de una persona.

En el sexenio pasado, los opositores al presidente de la República se llenaban la boca hablando de “los muertos de Calderón”. Yo me preguntaba: ¿él los mató deliberadamente? ¿Tenía el propósito de eliminar personas
—como Hitler cuando decidió exterminar a los gitanos, a los judíos y a sus opositores— o los asesinatos ocurrieron en circunstancias que no estaban bajo su control y que se derivaban de una estrategia cuyo propósito, por el contrario, era combatir a unas mafias criminales que, ésas sí, asesinaban a sangre fría y con la más estremecedora crueldad?

Estas reflexiones las hago por lo que escribí ayer, sobre la libertad de prensa: en México, el Gobierno no tiene una estrategia oficial para acallar las voces opositoras. Y no es tampoco el que mata a los periodistas. Creo, entonces, que algunas apreciaciones negativas sobre la realidad mexicana en este renglón son totalmente injustas. Pues eso.

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