Interludio

Las fuerzas armadas son las que arreglan las cosas


Si te pones a justipreciar las capacidades y desempeños del Estado mexicano, verás que la Armada y el Ejercito cumplen su papel a cabalidad. Es más, los espías yanquis y toda esa gente de la DEA y el FBI, según parece, no confían más que en nuestros marinos. A todos los otros cuerpos de seguridad no les informan ni del clima.

Luego entonces, no todas las esperanzas están perdidas de que algún día tengamos un país de leyes, seguridades y certezas. Pero, justamente, ¿cómo es que sectores enteros del aparato de justicia de la nación se encuentran en una condición tan absolutamente lastimosa?

El recién reelegido (participio pasado de reelegir, señoras y señores, porque lo otro, lo de “electo”, es un adjetivo que se refiere a la condición temporal de un candidato cuando, luego de ser, justamente, elegido, no ha ocupado todavía formalmente el cargo) señor Madero, entrevistado ayer en la radio, nos reconvenía a los ciudadanos por carecer de una “cultura de la denuncia”. Lo decía a propósito de todas las acusaciones y posibles infundios que circulan en torno a unas elecciones internas, en su partido, que no hubieran sido del todo transparentes ni justas: pues, si alguien sabe algo, que vaya a con el Ministerio Público, con las pruebas en la mano, y que doña Justicia haga los deberes, retaba don Gustavo y nos apremiaba a todos los demás a que obráramos de parecida manera cuando nos amenazan, nos extorsionan, nos roban y nos secuestran.

Bueno, el problema no es un mero asunto de falta de civismo sino de sobra de temor porque, como todos sabemos, cuando acudes con las siniestras autoridades que llevan la cosa judicial en estos pagos no sabes siquiera si le van a dar debido seguimiento al caso o, peor aún, si avisarán a los mismísimos delincuentes que te tienen en la mira.

No hay, en todo el sistema judicial, una estructura comparable a la que sí existe en nuestras fuerzas armadas. Pero, desafortunadamente, los militares no se pueden meter en los terrenos de la justicia. Qué pena.