Interludio

Por fin, ¿somos modernos o no? 

Carlos Puig nos contaba ayer que el servicio de Internet en México es el segundo más lento de los 13 países en los que Netflix vende su señal. Te pones a mirar aquí una de las estupendas series que te ofrece la empresa y resulta que la imagen se congela o la presunta HD se vuelve colosal indefinición. ¿Por qué? Pues, supongo que por flagrante subdesarrollo nacional. Así de sencillo. Miren ustedes cómo está la infraestructura en este país: ahí tenemos,  para mayores señas, el aeropuerto internacional “Lic. Benito Juárez  García” de la capital de todos los mexicanos, una de las ciudades más  importantes del mundo, cuya Terminal 2, aunque dé el gatazo a primera  vista, se deteriora lastimosamente cada día sin que a nadie le parezca necesario cambiar las alfombras, retocar los muros manchados de humedad, reemplazar las luces de los pasillos o adecentar esas deslucidas y abigarradas garitas donde te venden los boletos para los taxis. Y ésta es, digamos, la joya de la corona: la otra, la número uno, es totalmente piojosa. No hablemos de las dos pistas: estrechas, calamitosamente pavimentadas y, sobre todo, tan pegadas la una a la otra que no se pueden realizar despegues o aterrizajes simultáneos. Es misión imposible, por lo que parece, que un país que aspira a ofrecerle al mundo una imagen de modernidad pueda siquiera acondicionar debidamente su primerísima tarjeta de visita. 

Leo también, en el semanario TheEconomist, que comprar iPhones es muy dificultoso en nuestro subcontinente: son carísimos en Brasil o escasísimos en una Argentina desprovista de divisas. En ese apartado estamos mejor: aquí abundan. El problema es que casi nadie los puede comprar. Y, si tienes la plata, necesitas paciencia: el propio corresponsal de la revista británica se queja de que perdió dos horas en un centro de atención de Telcel para adquirir, por 4 mil pesos, un iPhone 5s y un plan muy limitado. Nos califica de “burocratizados”. Qué caray…