Interludio

El fantasma de la ingobernabilidad

Quedan todavía algunos individuos de la especie que sueñan con hacer la revolución. No es que les disguste vagamente el capitalismo o que les saque algo de urticaria la sociedad de mercado. No, va más lejos el tema: consideran que el "sistema" es tan maligno, aparte de depredador e injusto, que la única manera de hacerle frente es destruyéndolo por la fuerza. El fin justificaría los medios, vamos.

Naturalmente, no todos los rebeldes portan dentro la llama del fuego purificador —son realmente muy pocos los verdaderos idealistas— sino que en las filas de los que han decidido ser violentos militan muchos sujetos llevados meramente por el resentimiento, por no hablar de todos aquellos que buscan cualquier pretexto para desfogar su innata agresividad, y entonces lo que termina ocurriendo es que las presuntas luchas "sociales", las más de las veces, no pasan de ser una suerte de botín para los provocadores.

Si las autoridades de este país —las estatales, las municipales y las federales— han exhibidouna escandalosa pasividad frente a los vándalos de todas las proveniencias, ahora, tras esos sucesos de Iguala que figurarían en el historial de las atrocidades atribuibles al "poder", ya no habrá manera de que cumplan ni remotamente con su deber de mantener el orden público. Ésta es una muy mala noticia, señoras y señores, más allá del horror de la tragedia. PorqueMéxico no necesitamás violencia, sino menos. Lo que le urge es ser un país de leyes. Y el incendio de la sede de un Congreso estatal o la destrucción de la fachada un palacio de Gobierno son sucesos gravísimos aunque, en esta sociedad de reglas distorsionadas, no hayan merecido la intervención de la fuerza pública. No hay tampoco razón alguna para consentir que una autopista sea cerrada ni para dejar que el grupo más insignificante de agitadores impida el paso al resto de los ciudadanos como si éstos no tuvieran derechos. En fin, sigamos así: más pronto que tarde, México será de verdad un territorio ingobernable.