Interludio

El enojo de México

Hay mucha gente enojada en este país. Personas que no han tenido jamás la oportunidad de mejorar sus vidas, que enfrentan la dura realidad de la desigualdad, que han vivido siempre una existencia de marginación y, por si fuera poco, que padecen el soterrado desprecio de los demás en una sociedad despiadadamente clasista. Hay mucho resentimiento. Mucha frustración. Y, también, mucha envidia.

Tenemos pocos elementos realmente cohesionadores como nación —más allá de compartir tradiciones, de venerar a la Virgen de Guadalupe o de disfrutar de la cocina mexicana— porque somos una colectividad dividida desde sus raíces mismas: nunca nos hemos identificado en torno a la figura de un mexicano que pudiera representarnos a todos y, ahora mismo, las machaconas publicidades de la televisión, consumidas indistintamente por los compatriotas de todas las clases sociales, nos exhiben a individuos con rasgos raciales que prácticamente no te encuentras en las calles de un país habitado por lo que somos, a saber, un pueblo de mestizos incuestionablemente morenos.

Naturalmente, el mundo entero está sometido a la dictadura de los guapos y los jóvenes. Pero en pocas naciones se advierte la segregación clasista que vivimos en estos pagos y, además, la pobreza de millones y millones de mexicanos, esos que nunca son protagonistas de una telenovela y que no aparecen tampoco en los anuncios de la pantalla chica, genera esa rabia que, como anuncian jubilosamente los agoreros de la izquierda que pretende representarlos, terminará por manifestarse fatalmente en el temido “estallido social”.

Y sí, algo estamos viendo ya. Hoy, tras de que un maleante con funciones de alcalde desatara una sobrecogedora tragedia, crece como la espuma el enojo del pueblo y, a río revuelto, salen ganando —por lo menos momentáneamente— los más iracundos y violentos de todos, esos vándalos a los que sólo basta la pizca de un pretexto para salir a la calle a cometer destrozos. No sabemos hasta dónde llegarán. Crucemos los dedos…