Interludio

La educación es un asunto de exigencias

La educación pública, en el mundo entero, comenzó a desplomarse a partir de los sucesos de Mayo del 68 en Francia. El movimiento, protagonizado inicialmente por unos estudiantes que impugnaban el modelo de sociedad capitalista, fue pronto seguido por millones de trabajadores y hubo repercusiones en varios países, México entre ellos. Más allá de lo que significó en términos sociales y de las reformas que propició, el Mayo del 68 tuvo también un efecto colateral bastante pernicioso para el proceso educativo al consagrar, en respuesta a la controversia de que la educación tradicional servía los intereses de la “burguesía” y de que significaba una forma de opresión, un sistema de menores exigencias.

Cualquier posible obligación para los estudiantes de las clases populares era el resultado de un esquema discriminatorio y, para evitar acusaciones de segregacionismo, muchos de los responsables públicos de las políticas educativas comenzaron a relajar las exigencias. El proceso ha ido tan lejos que, en un país como el nuestro, hay una regla no escrita de prácticamente no reprobar a ningún alumno, por más bestia, incumplido o irresponsable que pueda ser. Y así, lo que ha pasado es que muchos ciudadanos, sabiendo que la educación que se imparte en las escuelas públicas no es la mejor para formar a sus hijos, hacen todos los esfuerzos para solventarles el aprendizaje en universidades y colegios privados. ¿Resultado final? Pues que, lamentablemente, nuestras sociedades se han vuelto todavía más clasistas y desiguales en tanto que quienes sí se pueden pagar una carrera, digamos, en Harvard o Yale o el ITAM llevan una decisiva ventaja sobre todos los demás. Han aparecido ya varios libros donde se habla de la delantera que han tomado los ricos, en todo el mundo, al enviar a sus hijos a las mejores universidades. Pocos imaginaron, en 1968, que las consecuencias iban a ser éstas.