Interludio

Es duro ser mujer

De camino a casa, me detengo en una cafetería para comer algo. Sentado a la mesa, una de las trabajadoras del lugar y yo entablamos la acostumbrada conversación: que cómo estuvo el fin de semana, que qué tal van las cosas en la chamba, y demás. Hablamos también de las vacaciones de fin de año que se avecinan. Por lo pronto, ella trabajará todo el tiempo. De hecho, labora también en un salón de fiestas para completar la paga. Y me cuenta que sus hijos, dos muchachos y una chica que está a punto de cumplir los quince años, le piden que deje ese segundo empleo para que pase más tiempo con ellos, a pesar de que les dedica la totalidad de sus espacios libres. Les ha respondido que deben elegir entre contar con las cosas que puede facilitarles gracias a ese trabajo o prescindir de esas muy pequeñas prodigalidades en caso de que ya no lo desempeñe. Y es que nuestra mujer, ustedes sabrán, es la jefa de la familia en todo el sentido de la palabra. El ex marido, como tantísimos machos certificados en este país, se desentiende olímpicamente de sus obligaciones: no suelta ni lo de la despensa. Y no se aparece nunca por casa. Ya le he preguntado a mi conocida por qué no entabla un juicio para obtener que le corresponde legalmente. Pero, al igual que otras muchas mujeres, se acomoda a su circunstancia con una suerte de aceptación teñida de orgullo mal entendido. Yo no termino de entenderlo porque lo considero un asunto de meros derechos reclamables pero, como digo, no es la primera vez que me toca corroborar esta extraña postura.

Hablamos de la Nochebuena. Le cuento que la pasaré con mi hija y mi ex mujer. Ella, por su parte, suele celebrarla en un internado de chicos huérfanos, con sus muchachos. La pasan muy bien ahí y al día siguiente vuelven para la comida de Navidad. ¿Y por qué no se reúnen con otros familiares? “Mi mamá no me quiere”, me dice, “ y, además, vive en Guadalajara”.

La vida de las mujeres es muy dura. No me dirán ustedes que no.