Interludio

Es muy duro ser joven

El mundo entero gira en torno a los jóvenes: ahí los tenemos, en primerísima línea, exhibiendo despreocupadas sonrisas y muy desenvueltas actitudes en las publicidades de la tele; ahí están, en los anuncios de los diarios y las páginas de las revistas del corazón, muy guapos y, encima, ataviados de trapos deslumbrantes y portando con calculado descaro esas gafas de sol tan obligatorias como declaradamente glamurosas. Ocupan casi todo el escenario en los medios y el culto a la juventud es tan oprimente que muchos individuos de la especie, en cuanto comienzan a advertir que las arrugas y los pellejos se despliegan fatalmente en ese cuerpo suyo de humanos con fecha de caducidad, acuden frenéticamente a con el cirujano del barrio para que les repare los inadmisibles daños que el paso del tiempo deja en las personas.

Ah, pero cuando vas un poco más allá de la galería de rostros frescos y espontaneidades intimidantes, te encuentras con que la vida cotidiana que enfrentan todos esos muchachos, tan celebrados por el aparato publicitario, está hecha de tremendas durezas y crueles desencantos. Ya me ha tocado a mí, en los momentos en que he escuchado las historias de ese par de hijos míos que intentan abrirse paso en la existencia, constatar directamente que la gente de mi generación lo tenía mucho más fácil en el tema de las oportunidades, el empleo, la realización personal y los posibles logros. Estos chavales de ahora, por el contrario, deben afrontar una despiadada competencia cuando aspiran siquiera a un trabajo medianamente pagado; no consiguen casi salarios dignos siendo, por si fuera poco, que esas publicidades de las que hablábamos los incitan constantemente a poseer teléfonos celulares, ropa de marca, autos y, sobre todo, a llevar un “estilo de vida” que es imposible de solventar sin una billetera bien provista. Me pregunto, en este sentido, cuánto tiempo más podrán seguir recorriendo este planeta sin que en algún momento exploten brutalmente sus crecientes insatisfacciones.