Interludio

¿Qué tan duro es el “arraigo domiciliario”?

Lo de la “típica actitud delictiva” me parece un poco gordo como para que la Fiscalía de la nación, utilizando a la torera el abracadabrante poder de papá Estado, te aplique esa tal figura del “arraigo domiciliario” que, en los hechos, no es otra cosa que una mera pena de prisión que puedes purgar en tu dulce hogar. El problema es que nadie me ha podido explicar, hasta este momento, como has de resolver el tema de la compra de los víveres en el supermercado y otras cuestiones, tan agobiantes y perentorias, como los retiros de efectivo en el cajero automático, la recogida de la ropa en la tintorería o la simple asistencia al trabajo para seguir generando los recursos con qué solventar, justamente, el mantenimiento de esas temporales instalaciones carcelarias domésticas.

Digo, cuando te encierran en una cárcel pública, te procuran, en automático, hospedaje y alimentación. No te tienes
que preocupar de nada, vamos, y a lo mejor hasta brota agua caliente de los grifos del calabozo y te cambian las sábanas de la cama —que ha de ser de piedra; y de piedra, también, la cabecera— una vez a la semana. Pero, si eres tú el que debe pagar tu propio mantenimiento en tu casa, ¿cómo es que el temible aparato de la justicia te priva, al mismo tiempo, de los medios para costear la factura de la electricidad o para reaprovisionar la despensa?

Mucho ignoramos, los comunes mortales, de la logística que supone la antedicha detención domiciliaria. Lanzo al aire unas preguntas por si alguien, más enterado de las cosas, tuviera la amabilidad de darme información: ¿te llevan de comer? ¿Te dejan mirar la tele en tu pantalla plana? ¿Te permiten usar la compu a tu aire y navegar en la Internet? ¿Te obligan a apagar la luz a cierta hora? ¿Puedes levantarte, digamos, a las once de la mañana o debes estar bien dispuesto, bañado y peinadito, de madrugada? ¿Te trincas alegremente los vinos de tu cava o te lo prohíben? En fin, aclárenmelo, para luego contarles a ustedes, amables lectores.