Interludio

No le demos vueltas: fue capturado y sanseacabó

Que si se parece, que si no; que si es otra persona; que si ya lo mataron; que si habían pactado dejarlo a su aire durante años enteros y ahora, por alguna extrañísima razón, lo capturan; que si es una “cortina de humo” (oigan, ¿y qué sería no atraparlo, un telón de cristal?); que si fueron órdenes de Obama, formuladas en la reunión de Toluca; que si es un montaje; etcétera, etcétera, etcétera…

Nada es lo que parece, en este país. O mejor dicho, la colosal ingenuidad de muchas personas (ya he hablado de este rasgo de la personalidad nacional: la gente se cree tontamente cualquier historia –por más esperpéntica, improbable, inverosímil y abracadabrante que pueda ser— siempre y cuando contenga un elemento conspiratorio que salpique de sospechas la actuación de las autoridades; es, como he dicho tantas veces en estas líneas, una suerte de candidez a la inversa) hace que todo cuanto acontece en la realidad real sea inmediatamente desvirtuado. Y así, la galería de sucesos fantásticos es infinita porque se nutre constante e interminablemente de una cotidianidad hecha de desconfianzas, recelos, presunciones, mitos y embrolladas conjeturas.

Yo supongo que Felipe Calderón tenía toda la intención de aprehender al Chapo. Pero, expresar meramente esta conjetura me coloca en la mira de todos esos crédulos que entrevén, a la torera, intereses oscurísimos en el proceder de cualquier persona que forme parte del “sistema”. Es cierto que nuestro aparato de justicia está calamitosamente corrompido; es cierto que los criminales han infiltrado muchas de las fuerzas policiales y que han comprado a jueces; es cierto que hay funcionarios que trabajan para los delincuentes. Pero, el hecho de que sepamos todo esto, ¿implica que estamos ya irremediablemente incapacitados para advertir diferencias, notar matices y valorar meramente la realidad? ¿No podemos siquiera admitir que el Chapo está en la cárcel y sanseacabó?