Interludio

La cultura nacional de la desconfianza

La sentencia esa de “piensa mal y acertarás” se ha llevado, en este país, hasta los extremos más desaforados. No hay ya manera de que las cosas sean simplemente lo que son sino que todo, lo que se dice todo, debe resultar de oscuros designios, maquinaciones e hipocresías. Lo vemos a diario, en los espacios públicos y en el terreno de lo laboral, en la política y en los ámbitos de mera cotidianidad. Es una verdadera epidemia que contamina cualquier posible visión que se pueda tener de una realidad nacional que, mientras más oscura y embrollada aparezca, más convincente resulta para unos ciudadanos aquejados de incurable malicia.

¿Tenía algún interés el Estado mexicano en liquidar al cardenal Posadas? Pues, no resulta nada evidente que el aparato del gobierno obtuviera el menor beneficio al perpetrar tan inentendible desaguisado. Pero, entonces, ¿por qué la gente no se cree los resultados de las investigaciones y se traga las más descabelladas historias? En lo que toca a Colosio, es imposible, hoy día, hablar siquiera del suceso sin que tus interlocutores te suelten sus muy personalísimas teorías sobre unos autores intelectuales del asesinato cuya culpabilidad, encima, la decretan sin reticencias ni vacilaciones. El hecho de que el desenlace del acaecimiento haya sido tan contraproducente para Carlos Salinas (le resultó muy adversa la presidencia de Zedillo) no parece mitigar la férrea severidad de los juicios de sus apresurados acusadores.

Al mismo tiempo, sin embargo, sabemos de raterías, componendas, arreglos y chanchullos que se celebran alegremente entre esos poderosos que de verdad están en condiciones de obtener provechos en México. Es más, en muchos casos no podemos imaginar los alcances de sus planes ni lo exquisitamente elaborados que están para no dejar pistas. Y eso, a pesar de la capacidad que sí exhibimos para fantasear sobre esos otros complots que tan meticulosamente reseñamos. Hay que redirigir los reflectores de nuestra malicia…