Interludio

Los criminales "siempre" terminan mal

Al Chapo no lo podían dejar que anduviera por ahí, a su aire, tan pancho, como si nada, en plan turista y muy quitado de la pena. O sea, que lo tenían que atrapar, juzgar y encerrar, por más que don Obrador —un señor al que nada le parece y a quien, hagas lo que hagas, no hay manera de darle gusto (pero, ¿qué tal si hubiera sido él, como presidente de la República, quien hubiera logrado su captura? No terminaría de cacarearlo, señoras y señores: “¡Los Gobiernos de Peña y Calderón, en plena complicidad con las mafias del crimen organizado, nunca tuvieron la intención de detener a este delincuente pero yo, que tengo las manos limpias, sí me he atrevido a hacerlo porque estoy plenamente comprometido con el pueblo de México!”)— diga, asfixiado de resentimiento, que es “una cortina de humo”. Si el hombre tuviera la más mínima elegancia y el más ínfimo sentido de los usos y costumbres que se llevan en un régimen democrático, le hubiera expresado una felicitación a Enrique Peña Nieto. Digo, después de todos, la aprehensión de un sujeto tan peligroso es algo que beneficia a todos los mexicanos. Pero, en fin, la mezquindad es algo muy difícil de quitarse de encima.

Ahora bien, para efectos prácticos, la detención del delincuente más buscado de este hemisferio ¿va a debilitar a las organizaciones criminales? ¿No tenía ya el Chapo un sucesor designado o, en todo caso, no hay aspirantes, entre sus lugartenientes, a ocupar el puesto de amo y señor del cártel de Sinaloa? Y, ¿no son los Zetas, y los Caballeros Templarios, por ejemplo, grupos mucho más temibles, sanguinarios, canallas, violentos y nefastos que la organización de un tipo que, a juzgar por las circunstancias en que ocurrió su captura, andaba a salto de mata, como un simple fugitivo?

En fin, el desenlace de esta historia debiera, de cualquier manera, ser muy aleccionador. Es un aviso, para todos los capos, de que la justicia siempre termina por ponerles las manos encima.