Interludio

Tan corruptos los unos como los otros

Durante los dos sexenios en que fue gobernado por el Partido Acción Nacional, el estado de Morelos se fue hundiendo en la más pestilente podredumbre: sus policías fueron infiltradas por la delincuencia y su sistema judicial se contaminó hasta la coronilla. Resultado: la entidad está en manos de la delincuencia y sus sufridos ciudadanos viven una cotidianidad simplemente aterradora. Le toca a Graco Ramírez, mandatario perredista, limpiar la casa. Muy difícil e ingrata tarea.

Esta circunstancia exhibe en toda su crudeza lo desalentador de la realidad nacional: la corrupción, señoras y señores, no se circunscribe a un solo partido político ni es dominio exclusivo de aquellos antiguos gobernantes nuestros, tan denostados y tan señalados por quienes ocupan alegremente su lugar en estos momentos, que parecían tener el monopolio de las raterías, los dispendios, las ilegalidades, los abusos y las trampas.

Bendita alternancia: nos ha servido meramente para cambiar el decorado y el estilo de la casa. Dicho en otras palabras, bajo el disfraz de una agrupación política, cualquiera que pueda ser su signo, surge inevitablemente ese mexicano de siempre —tan conocido por todos nosotros— perfectamente dispuesto a hacerle los honores completos a su torcida reputación y llenarse groseramente los bolsillos celebrando, por si fuera poco, siniestros maridajes con los canallas.

Tricolores, blanquiazules y asoleados aztecas se reparten así el mismo pastel, a su antojo y con la cuchara grande. Lo único que nos queda, a los ciudadanos de a pie, es buscar entre sus filas (con lupa) y descubrir (al cabo de muchos afanes y esfuerzos) al individuo decente que, por lo que parece, es una especie de vías de desaparición aunque, miren ustedes, de vez en cuando se aparece todavía por ahí un personaje estimable.

Tal es nuestra experiencia de la democracia y por eso dicen que en este país ya no creemos en nada. Vivimos pues en el peor de los mundos. ¡Salud!