Interludio

Los columnistas no aportamos nada

Muchos lectores, luego de escudriñar los quejumbrosos textos que acostumbramos los periodistas de opinión, nos reconvienen por “no aportar soluciones”. Nos sermonean como si este oficio nuestro de escribidores a sueldo fuera un apostolado, como si conllevara obligadamente una misión o como si implicara una suerte de “responsabilidad social” que tendríamos que ejercer cada vez que publicamos un artículo.

Vaya agobio, oigan ustedes, el de asumir un papel tan solemnísimo y pomposo en lugar de garrapatear buenamente lo que a uno le viene en gana y, sobre todo, de usar este espacio como un refrescante desahogo donde se puedan procesar los fastidios de la cotidianidad. En lo personal, cuando llego a encontrar, en otras columnas, apreciaciones que hubiera yo mismo podido publicar (o, mejor aún, pensamientos que todavía no han surgido en mi mente y que, por ello mismo, significan un jubiloso descubrimiento), me invade un muy reconfortante sentimiento de identificación. Quienes nos dedicamos a esto, a lo de lanzar mensajes de manera tan indiscriminada, buscamos siempre a ese interlocutor, desconocido y perdido en la distancia que, a final de cuentas, vendría siendo algo así como un alma gemela. Las más de las veces, sin embargo, nos llegan de vuelta rabiosos mensajes enviados por lectores que no se contentan meramente de disentir sino que lanzan insultos y descalificaciones personales. Gajes del oficio. No pasa nada.

Pero, volviendo al tema de ser aportadores de soluciones y emisarios del optimismo en lugar de desempeñar el nocivo papel del aguafiestas —amargado, encima—, creo que es importante el hecho de consignar realidades negativas. ¿Por qué? Porque las constataciones y los testimonios, aunque estén contaminados de inevitable subjetividad —por no hablar de la parcialidad que entraña cualquier opinión—, reflejan por lo menos una mínima conciencia de ciertas cosas. El descontento, con perdón, es un artículo de primera necesidad en estos tiempos.