Interludio

¿Dónde están las cárceles que faltan? 

Mucho secuestro, mucho robo, mucha extorsión, muchas violaciones, muchos asesinatos, muchos abusos… Digo, no en Dinamarca (ni en Costa Rica, para no ir tan lejos), sino en México. ¿Por qué? Muy simple: las autoridades de justicia no sólo no hacen su trabajo sino que, en ocasiones, colaboran directamente con los criminales. O sea, que los policías y los fiscales y los jueces que debieran protegernos a los ciudadanos son, por el contrario, una amenaza más para nosotros.

Estamos hablando de un fenómeno tan escandaloso como antinatural (y aberrante) porque la obligación de proporcionar seguridad es la primerísima razón de ser del Estado y no es siquiera entendible, dentro de los cánones que determinan el proceso civilizatorio, que sus propios representantes sean quienes traicionan esos principios. 

En fin, esto ya lo sabemos desde hace buen tiempo pero, entonces ¿por dónde comenzamos la tarea de limpiar la casa? De entrada, los asesinos y los ladrones deben de ser encerrados en una cárcel. Y no  con el único fin de ser castigados (el castigo, cuando es percibido  como una posibilidad real y muy probable, sirve como un elemento  disuasorio que se traduce en la consumación de menos delitos; es decir,  es una medida preventiva) sino, también, con el propósito de ponerlos fuera de circulación para que no representen un peligro para los ciudadanos. Ahora bien, ¿quién los va a detener, a investigar, a juzgar y a encerrar? Pues, esos mentados policías, agentes del Ministerio Público y jueces, tan poco confiables que, a su vez, entran plenamente dentro de la infamante categoría de los delincuentes. Y, a estos indignísimos representantes del Estado mexicano, ¿habrá manera de exigirles cuentas, de comprobarles la bajeza y, finalmente, de refundirlos en la mazmorra donde merecen estar? Me pregunto, por lo pronto, cuántas celdas hay en las prisiones de este país. Creo que faltan miles y miles.