Interludio

Lo que nos asusta es la delincuencia común

¿Cuántas veces habremos de decir que la guerra contra el narcotráfico está perdida? ¿Y cuántas más repetir que lo que nos asusta verdaderamente a los ciudadanos comunes y corrientes de este país no es que aterricen avionetas en pistas clandestinas que ni siquiera sabemos dónde se encuentran, ni tampoco que existan sembradíos de mariguana en lugares remotísimos, ni que se vendan toneladas de drogas a los alegres consumidores de medio planeta sino que un raterillo de poca monta se meta a saquear nuestra vivienda o que unos rufianes del barrio asalten a un familiar o que un tipo se nos aparezca en el changarro para exigirnos una desmesurada cuota semanal a cuenta de una “protección” que nunca hemos solicitado?

Ya he escrito, en alguna otra ocasión, que somos un país de ladrones. La gente, en México, roba todo lo que puede: alambrado de cobre de los tendidos eléctricos, tapas y coladeras del drenaje, papel higiénico de los sanitarios públicos, artículos de los estantes en los supermercados, piezas de metal de las vías del ferrocarril, etcétera, etcétera, etcétera. Y, ¿a cuántos de los viajeros de los destartalados microbuses los atracan en las zonas populares de nuestras ciudades? ¿Cuántas personas dejan a diario su casa con la zozobra de no saber si al volver se encontraran con que les han hurtado la computadora, los electrodomésticos y esas pocas joyitas tan trabajosamente adquiridas? A todas estas personas, ¿les preocupa que El Chapo venda mariguana y cocaína a los gringos? Pero, si las organizaciones criminales que trafican con sustancias prohibidas, de pronto, deciden que el negocio se les complica tanto que es mejor dedicarse a la extorsión masiva y al secuestro de los ciudadanos, entonces ¿cuál viene siendo nuestra ganancia como sociedad?

En fin, el problema es muy complicado desde todos los puntos de vista pero, lo repito, lo que nos más nos preocupa a los mexicanos es la delincuencia común. Ésa, justamente, que no para de crecer.