Interludio

Que te aceptes como eres, dicen

Una señora, en uno de esos programas de la radio de media mañana que suelen tocar indefectiblemente el tema del “desarrollo personal”, planteaba que tú, como individuo social, debes no sólo aprender a conocerte sino a “aceptarte” en todos tus posibles rasgos y facetas de manera que, llegado el momento de que un tercero suelte cualquier opinión sobre tu augusta persona, esa apreciación —que puede ser una crítica aviesa, malintencionada, destructiva y, por lo tanto, devastadora de necesidad— te tenga totalmente sin cuidado, te haga lo que el viento a Juárez (esta sentencia, por cierto, no sé a qué se refiere: ¿a la resistencia de alguna marmórea estatua del prócer a la brisa marina? ¿A la sólida obstinación del más insigne de nuestros liberales? ¿A alguna frase vagamente meteorológica pronunciada en un momento histórico por el pastorcito de Guelatao?), te dé lo mismo y te deje tan indiferente como despreocupado.

Pues, miren ustedes, ignoro cuáles podrían ser los caminos del Señor para alcanzar tales niveles de indiferencia a los ataques, invectivas, censuras y recensiones pero yo, por lo pronto, me siento totalmente incapaz de llegar a parecidas alturas. Es más, supongo que el mero hecho de no poder conquistar esos estados de sintonía suprema con la propia persona te hace merecedor de la inevitable reconvención de esa tal señora por no poder seguir, justamente, lo que ella plantea en su meticulosa estrategia de autoayuda. Con lo cual, miren ustedes, esa comprobación externa de las incapacidades de uno —es decir, de la imposibilidad de que te dejen de importar las opiniones de los demás— se vuelve, a su vez, una perniciosa evaluación que te desmoraliza y te desalienta.

Ya he hablado, en este espacio, de ese bienestar por decreto que, con arrogancia y altivez, nos quieren imponer a los comunes mortales llenándonos, de paso, de oscura culpabilidad. Frente a esta ofensiva, reclamemos el derecho a seguir con nuestras irremediables limitaciones. Pues eso.