Interludio

Vivimos como si estuviéramos en una guerra

Nadie escapa a la violencia: caen diputados, empresarios, líderes partidistas, actores, activistas sociales, periodistas, etcétera, etcétera, por no hablar de esos mexicanos de a pie que son los que más padecen, en el oscuro anonimato de su cotidianidad, los embates de la delincuencia.

¿Por qué secuestrar y matar a un representante popular, en Jalisco, que a todas luces parecía un hombre de bien, un médico generoso y un ejemplar ciudadano? No lo sabemos. No podemos casi imaginarlo pero lo peor es que cuando esto ocurre la sombra de la sospecha alcanza a la propia víctima: por algo habrá sido, se dice la gente, sin pensar que, en esta pavorosa lotería, la fatalidad golpea a cualquier inocente.

Y, ahora, el asesinato del secretario del Partido Acción Nacional en Guerrero. Y, de nuevo, un crimen que tal vez nunca será esclarecido. La impunidad, en este país, alcanza cifras aterradoras: 95 por cien de los casos quedan sin resolver. Así, matar se vuelve meramente una opción para quienes saben que no pagarán nada por perpetrar un homicidio.

De esto, los comentaristas hemos hablado hasta la saciedad. El tema, de tan repetitivo, pareciera perder relevancia y volverse parte de la siniestra normalidad que afrontamos, una realidad hecha de atrocidades y espeluznantes violencias. Escuché, hace poco, la historia de una joven mujer afincada ahora en una ciudad de Estados Unidos tras sobrellevar su estremecedora tragedia: su marido era un motociclista que compartía su pasatiempo viajando por las rutas del interior con otros aficionados. Un día, en las inmediaciones del aeropuerto de Guadalajara, fueron interceptados por una banda de secuestradores. Al poco tiempo, la esposa recibió una llamada: con insultos y amenazas, le exigían medio millón de dólares para liberar a su marido. Trabajosamente, logró acopiar 200 mil. Entregó el dinero. Nunca volvió a ver a su esposo. Hasta hoy, ninguno de los otros motociclistas ha aparecido tampoco. Así vivimos, hoy, los mexicanos.