Interludio

¿Viene la Tercera Guerra Mundial?

Las naciones democráticas de Occidente enfrentan un muy embarazoso dilema: si le marcan de verdad el alto a Vladimir Putin corren el riesgo de vulnerar sus tambaleantes economías –justo en el momento en que una anémica recuperación pareciera asomarse en el horizonte— pero si mantienen esa postura de acobardada tibieza que han sostenido hasta ahora entonces no hay forma de asegurar que el tipo no se siga sirviendo con la cuchara grande en el futuro y que perpetre violaciones todavía mucho más graves al derecho internacional.

Es muy difícil tratar con los provocadores. La gente sensata, aparte de honrada, se sujeta voluntariamente a unas reglas acordadas por todos y no le pasa por la cabeza armar desbarajustes que, por si fuera poco, tienen un altísimo precio en términos del sufrimiento humano. No solazamos aquí en la muy feroz crítica de nuestros líderes políticos sin reconocer que sus acciones están acotadas por las ordenanzas del modelo democrático pero tendríamos que recordar que en otros pagos hay personajes que no rinden cuentas y que, al carecer de escrúpulos –y disfrutar, al mismo tiempo, de poderes desproporcionados— se autorizan despreocupadamente la prerrogativa de comportarse como tiranuelos caprichosos, violentos y abusivos. El matonismo machista de un Putin no se deriva tan sólo de un pasado suyo de colaborador de un régimen autoritario y represivo (ahí sí que se pueden aplicar estos calificativos) sino que resulta de las deficiencias de un sistema político –en la Rusia de nuestros días— donde no se han introducido en lo absoluto las prácticas de la democracia liberal. Y así, sin una oposición verdadera, sin afrontar los rigores de la crítica y sin ser cuestionado, nuestro hombre está invadiendo, tramposa y taimadamente, una nación soberana a la que ya le arrebató un pedazo de su territorio, la península de Crimea. Ucrania caerá pues como cayó Polonia en su momento. Pero, no estallará la Tercera Guerra Mundial, ¿o sí?